Entre la multitud a
paso lento y pausado, con zapatos rotos, blue-jeans desgastado y
camisa a cuadros, camina Eduardo Jiménez, un joven universitario
con tormentos en su cabeza, penando por tener que trasnochar
gracias a una barricada de informes y ensayos por hacer, recuerda
simultaneas escenas en las que participo como espectador en los
corredores de su universidad. Jóvenes disfrutando sin limite alguno,
con alcohol en mano pasando largas horas en los pasillos y en la
cafetería por lo que parecía pasando un largo “hueco” de
sus horarios. Eduardo impactado, no se explicaba el porque todo el
mundo parecía disfrutar de su tiempo como le apeteciera,
mientras el permanecía clavado en trabajos casi eternos y a duras
penas podía disfrutar de el playlist que creo en su celular para
reproducir unos cuantos minutos en el metro, se sentía impotente
de igual manera como en los tiempos de colegio, nunca fue de
amistades debido a que no era bueno relacionándose con otros, era
el “bicho raro”, el “sujeto peligroso” por su manera de
pensar y por ello le remitieron en varias ocasiones a terapias con
psicólogos especializados en chicos problema, era frustrante para
el ya que todos allí conspiraron en su contra para que actuara y
pensara a su antojo bajo la amenaza de no poder graduarse, debía
comportarse como un robot mientras el resto seguía haciendo lo
que se les venia en gana sin ningún problema ni reclamo, Eduardo
estaba cansado y daría lo que fuera por lograr un cambio en su
miserable vida.
Al llegar a casa se
encontró nuevamente con los discursos a gritos de sus padres
quejándose desde como se veía su descuidado cabello hasta el
tiempo que pasa leyendo y haciendo sus deberes, después de fingir
escucharles por un largo tiempo se encerró en su habitación y
con una patada tiro una columna de libros que había ordenado en la
mañana. Se juro a si mismo que al día siguiente ya no seria mas
el mismo, despertaría siendo otro, un Eduardo completamente
diferente.

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